De la cárcel a la presidencia, Lula intenta unir el pasado y el futuro de Brasil

En los últimos 20 años, el líder del PT pasó del cielo al infierno, y pudo resurgir.

En los últimos 20 años, Lula ha pasado del cielo al infierno. El primer trabajador elegido presidente de Brasil terminó su segundo mandato con un 87% de aprobación, pero unos años después fue condenado por corrupción y pasó 580 días en prisión.

En segunda instancia se anularon los juicios, recuperó sus derechos políticos y ahora gobernará el país una vez más. En la cena previa a la primera vuelta, Lula había dado un importante mensaje: «Lulinha Paz y Amor, y Geraldo, están de vuelta», dijo mencionando a su candidato a la vicepresidencia, el exgobernador Geraldo Alckmin.

La expresión se refiere a la imagen mostrada en la campaña de 2002, cuando fue elegido presidente por primera vez: el hombre conciliador, negociador y el líder responsable que no pretende hacer ninguna locura en materia económica.

Muchas veces el mercado y otros sectores se han preguntado si este Lula es el mismo que mantuvo los fundamentos de la economía en 2003, o si es un hombre herido y más radical por las desgracias de los últimos años.

Desde 2021, cuando decidió volver a ser candidato, Lula ha intentado demostrar que no tiene ganas de venganza. «Tengo 76 años, he vivido todo lo que un hombre puede vivir en la vida. No tengo espacio para el odio, no tengo espacio para la venganza», dijo en un acto de campaña, antes de cumplir 77 años el jueves pasado.

Formado como dirigente en el sindicato metalúrgico ABC Paulista, Lula hizo su primera campaña presidencial en 1989 todavía con el perfil de un líder sindical, pero perdió en segunda vuelta contra Fernando Collor de Mello.

En las dos elecciones siguientes, perdió en la primera vuelta contra Fernando Henrique Cardoso como resultado del Plan Real, que resolvió décadas de inflación descontrolada en el país.

Cuando fue elegido en 2002, Lula se benefició del desgaste de los años de Cardoso en el poder, y de varias crisis económicas internacionales, pero también de su nuevo perfil conciliador. Dejó de lado el pensamiento económico de la izquierda radical y se desplazó hacia el centro.

Fue después de dejar la presidencia, cuando Lula perdió su peso político. La crisis económica internacional que enfrentó Dilma Rousseff, junto con políticas equivocadas, terminaron con un juicio político que la expulsó del poder.

A eso se sumó la operación Lava Jato, que reveló la trama de corrupción en Petrobras y en la que el expresidente fue acusado y condenado por corrupción pasiva y blanqueo de dinero. En ese momento, su carrera política parecía enterrada para siempre.

Detenido el 7 de abril de 2018, se le prohibió presentarse a la elección presidencial de ese año. Pero el exsindicalista fue liberado en noviembre, después de que el Supremo Tribunal Federal (STF) revisara una decisión de 2016 y anulara la autorización para el encarcelamiento de los condenados en segunda instancia.

Actualmente, Lula no tiene cuentas pendientes con la Justicia. Otras dos decisiones del STF, una de las cuales concluyó que los juicios no debían celebrarse en Curitiba y otra que consideraba al entonces juez Sergio Moro parcial, anularon los procesos.

Tras su liberación, Lula comenzó a reconstruir su espacio. Para estas elecciones lideró las encuestas desde que confirmó su candidatura, surgiendo como el único nombre capaz de vencer a Jair Bolsonaro, que buscaba la reelección.

Frente amplio.
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Al construir una alianza de unos 10 partidos, principalmente de izquierda, Lula añadió un cambio histórico: sumó como compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, quien fue su rival en la disputa por la presidencia en 2006.

Ya en la primera vuelta contaba con el apoyo de nombres como los ex ministros Marina Silva y Henrique Meirelles, así como manifiestos de intelectuales, economistas y artistas, aunque parte del respaldo era más para evitar un segundo mandato de Bolsonaro que un reconocimiento abierto al expresidente.

De cara al balotaje, en el que venció este domingo, su apoyo creció, especialmente por parte de la senadora Simone Tebet, quien quedó tercera en la primera vuelta presidencial, el exmandatario Fernando Henrique Cardoso y de economistas responsables del Plan Real.

En sus apariciones, Lula deja en claro que sabe que deberá sanar un Brasil dividido, donde el hambre y la miseria han aumentado tras la pandemia y la violencia política ha tomado las calles como pocas veces en el pasado reciente. Para lograrlo, cuenta con la ventaja de tener una gran capacidad para hablar con todos los sectores.

En 2016, durante el proceso de juicio político a Rousseff, un senador explicó la diferencia entre Lula y su sucesora. «Puede que ni siquiera le gustes a Lula, pero sales de una reunión con él con la certeza de que es tu mejor amigo. Puede que incluso le gustes a Dilma, pero te vas con la certeza de que te odia».

Lula dijo en campaña que, de ganar, no sería candidato a reelección a los 81 años. A pesar de sus paseos diarios de seis kilómetros, de que entrena con pesas todos los días y de un nuevo matrimonio con la socióloga Rosângela da Silva, el líder admite que la edad «pasa factura».

Fuente: NA

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